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Destino errante y trágico

La vida personal de Teresa Wilms Montt no puede ser separada categóricamente de su obra literaria, porque fueron las trágicas circunstancias que debió sobrellevar a lo largo de sus 28 años de vida, las que la convirtieron en la escritora que fue. Desde muy temprano, Teresa Wilms se refugió en los libros y la escritura, resignándose en silencio frente a los maltratos y humillaciones constantes de su marido, quien siempre estuvo en contra de las aspiraciones literarias y artísticas de la joven. No obstante, por esos años de profunda soledad y desdicha, todavía residiendo en Iquique, entabló una cercana amistad con un primo de su marido, Vicente Balmaceda Zañartu, el "Vicho" o "Jean", como lo llamaba poéticamente en sus diarios, quien poco a poco, se convirtió en la inspiración de sus primeros escritos.

La relación clandestina fue descubierta por Gustavo Balmaceda, motivo por el cual este solicitó la mediación de un tribunal familiar. Este dictaminó que Teresa debía ser encerrada en el Convento de la Preciosa Sangre y apartada de su tesoro más preciado: Elisa y Sylvia Luz, sus hijas de 5 y 3 años de edad, respectivamente. Corría el año 1915 y Teresa Wilms pasaba sus días encerrada una celda, entre oraciones, bordados silenciosos y la escritura de sus diarios, que -como ella misma lo refirió- la mantenían viva (González, Ruth. Teresa Wilms Montt. Un canto de libertad, p. 118). Recluida, sola y sin más energías para vivir, intentó suicidarse por primera vez, en 1916. Fue entonces cuando su amigo de la infancia, el poeta Vicente Huidobro, decidió ayudarla a escapar.

De ese modo, partió hacia Buenos Aires a mediados de 1916. Allí, nació una nueva Teresa Wilms, libre y desinhibida. Pero más importante aún, fue en la capital trasandina donde Teresa Wilms se convirtió en una escritora elogiada y respetada por la crítica bonaerense. Sin embargo, esta ebullición creativa se vio perturbada luego de que el joven Horacio Ramos Mejías, miembro de unas de las familias más influyentes y poderosas de la elite argentina, se suicidara al no ser correspondido su amor por la escritora. Este hecho conmovió profundamente a Teresa Wilms, quien antes de su muerte había bautizado líricamente al joven como Anuarí, primero en poemas sueltos y escritos de su diario; posteriormente, en el título de su cuarto libro, que publicó en 1918.

Tras este triste episodio, la escritora intentó trasladarse a Nueva York, pero tras un traumático arribo fue confundida con una espía alemana- decidió cambiar de rumbo e instalarse en España. Allí, tal como en Buenos Aires, se empapó de la intensa actividad intelectual de la época. No obstante ello, la soledad y la imperiosa necesidad de reencontrarse con sus hijas, la llevaron a trasladarse a París en 1920, ciudad en la que estaban residiendo las niñas con sus abuelos paternos. Tras varios encuentros clandestinos, logró reivindicar su derecho a verlas semanalmente. Sin embargo, la felicidad que le significó este reencuentro fue momentánea: en 1921 las niñas regresaron a Chile con sus abuelos, tras lo cual la escritora se sumergió en un profundo estado depresivo, que la llevó, en diciembre de ese año, a una sobredosis de sedantes que resultaría fatal. Luego de dos largos días de agonía, Teresa Wilms Montt murió en completa soledad, lejos de los lujos que la acompañaron en su infancia y adolescencia viñamarina, en una habitación del hospital Laënnec de París. Sus exequias se realizaron en presencia de un puñado de amigos que llegaron a despedirla. Hoy, sus restos se encuentran en el Cementerio Père Lachaise.