diarios de muerte

"Distraído medito sobre cómo amoblaré mi agonía"
Gonzalo Millán, Veneno de escorpión azul, p. 12

El diario íntimo plasma el testimonio de una conciencia que se interroga en silencio, que guarda la esperanza del autoconocimiento y aspira a construir una identidad mediante la apropiación de los acontecimientos extratextuales. El diario es, entonces, una práctica vital, una manera de sobrellevar la existencia. ¿Qué pasa entonces cuándo el autor de un diario tiene la posibilidad de atisbar el final?

"Yo pensaba que escribir es siempre cosa de vida o muerte. Me refería, por supuesto, a la realización de la esperanza, a la construcción de la propia vida. Ni remotamente relacionaba la escritura con la sobrevivencia biológica" (Gligo, Ágata. Diario de una pasajera, p. 12). Con estas palabras, Ágata Gligo propone en Diario de una pasajera que la escritura de un diario es una de las maneras en que el escritor afronta su lucha entre las fuerzas de la vida y de la muerte, transformando el acto de escribir en un puntal al cual aferrarse ante el fin.

Gonzalo Millán, en el diario que escribió durante sus meses de agonía, titulado Veneno de escorpión azul: diarios de vida y de muerte, describe este tipo de diario íntimo de la siguiente manera:

Diario de vida y de muerte, bitácora

terminal, caja negra que sobrevive

al desastre. Las últimas palabras.

Un género sobreviviente postrero.

Los borradores de un epitafio.

Los altibajos gráficos de una ficha clínica

(Millán, Gonzalo. Veneno de escorpión azul, p. 24)

Si el diario sirve para escapar del continuo temporal de la cotidianidad, la cercanía de la muerte parece destacar -sobre un fondo negro- todo lo que hay alrededor como un signo fugaz de la desintegración. El autor, ahora despojado de trascendencia, vuelve a relatar su día a día bajo una perspectiva diferente, como si cada acto rutinario guardara la posibilidad de una epifanía, como si cada palabra encerrara la posibilidad de apropiarse de una identidad que ya no cambiará más. Detrás de este gesto, sobrevive la idea de que solo al tener certeza de la muerte, es posible conocer el valor de la vida.