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Kawéskar

Entre la península de Taitao y el Estrecho de Magallanes, por el laberinto de canales y fiordos en que se quiebra el paisaje austral, vivían los kawéskar -mal llamados alacalufes por muchos estudiosos-, siempre arriba de su hallef (canoa), recorriendo lugares donde hubiera abundancia de mariscos o donde se pudiera cazar lobos marinos o huemules. Los campamentos que instalaban en lugares abrigados de la costa eran precarios, compuestos de chozas de armazón de ramas cubiertas de cuero de lobo. En un medio geográfico tan difícil, con fuertes y constantes lluvias, bajas temperaturas y canales de aguas traicioneras, la estructura social era muy precaria. Agrupados en pequeñas bandas, éstas sólo se reunían con ocasión de una ballena varada o de alguna caza excepcionalmente abundante. La grasa animal era parte fundamental de su dieta alimenticia, que se complementaba con el consumo de mariscos recogidos por las mujeres.

Bajos y de marcados rasgos mongoloides, los kawéskar se diferenciaban claramente de sus vecinos aónikenk, con los que mantenían esporádicas relaciones de intercambio comercial. Con una población extremadamente dispersa, se desplazaban a través de enormes distancias en busca de alimentos, entablando relaciones con chonos y yámanas.

La cultura kawéskar poco pudo hacer frente al contacto con las tripulaciones de los barcos y los chilotes que se aventuraban por los canales australes para cazar lobos marinos. El establecimiento de un puesto naval en Puerto Edén -en la isla Wellington- a fines de los años treinta aceleró más aún la desintegración social producto de las enfermedades y la progresiva aculturación. Radicados en Puerto Edén viven hoy los últimos descendientes de los kawéskar, ya casi indistinguibles de los chilotes que se han asentado en la zona.

Los kawéskar creían en un ser supremo llamado Xolas, creencia religiosa que se asemeja a las de sus vecinos selk'nam, yámanas y aónikenk. Practicaban el chamanismo, así como también ceremonias de iniciación a la pubertad (kálava) y ceremonias secretas masculinas (yinchihawa). Sin embargo, cuando entre 1946 y 1948 los visitó el etnólogo francés Joseph Emperaire, el imaginario religioso kawéskar estaba dominado por Ayayema, el espíritu maléfico de los pantanos que controlaba las tormentas y se llevaba a los hombres a su reino de muerte y podredumbre. Posible reacción frente a los efectos desintegradores del contacto con el mundo occidental, el cambio en las creencias tradicionales representa también un presagio del fin definitivo de la cultura kawéskar.