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Los primeros textos de literatura infantil

Manuel Peña Muñoz -autor de Historia de la literatura infantil chilena y Alas para la infancia: fundamentos de literatura infantil, entre otras obras- explica que si bien la invención de historias para los niños es una costumbre muy arraigada en el pueblo chileno -remontándose a los tiempos en que Alonso de Ercilla registraba en La Araucana cómo los caciques educaban a sus hijos por medio de narración de mitos- no es hasta el establecimiento de los jesuitas en Chile que los relatos se inscriben y permanecen mediante la escritura. Así, en el siglo XVII se compusieron las primeras obras teatrales, las que inspiradas en pasajes bíblicos, fueron representadas por niños y jóvenes. También, se sabe de la presentación de pequeñas zarzuelas, pasillos cómicos para niñitas, comedias escolares, cuentos dramatizados y obras de carácter patriótico. En este último ámbito, el texto dramático más antiguo encontrado es uno titulado María Cenicienta, de Amelia Solar Marín, fechado en 1884. Por otra parte, de España provienen rondas, rimas, juegos de cordel, adivinanzas, trabalenguas, todos los cuales adquieren el sello propio de la nación chilena y son recopiladas por sacerdotes. Se sabe que de esa época surge la primera compilación de cuentos indígenas, la que bajo el título de Cuentos araucanos, tuvo como editor a fray Félix José Augusta.

Según Manuel Peña, los españoles transmitieron su afán de educar a los niños, por medio de cartillas y catones para enseñar a leer. Éstos se constituyeron como los primeros libros de lecturas con oraciones, trozos morales y pequeñas biografías de santos adaptadas a los niños. Sin embargo, es con la llegada de la imprenta que los textos alcanzan una mayor difusión. De esta época se conoce el primer volumen editado en Chile: Cartilla del Padre Zárate del Fray Pedro Nolasco de la Orden de San Francisco. Además, en este período se escriben libros de lectura y los silabarios; uno de ellos es el conocido Silabario del ojo (1884), de Claudio Matte.