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Joaquín Edwards Bello (1887-1968)
  
 

El Roto

“Detrás de la Estación Central de Ferrocarriles, llamada también Alameda, por estar a la entrada de esa avenida espaciosa que es orgullo de los santiaguinos, ha surgido un barrio sórdido, sin apoyo municipal. Sus calles se ven polvorientas en verano, cenagosas en invierno; cubiertas constantemente de harapos, desperdicios de comida, chancletas y ratas podridas. Mujeres de vida airada rondan por las esquinas al caer la tarde; temerosas, completamente embozadas en sus mantos de color indeciso, evitando el encuentro con policías”, El Roto. p.15.

El Roto es la novela del bajo pueblo de Chile: el roto es el minero, el huaso, el soldado, el bandido; lo más interesante y simpático que tiene mi tierra; es el producto del indio y el español fundidos en la epopeya de Arauco; es el pueblo americano, fuerte y fatalista, muy semejante en toda la América española, desde el pelao de Méjico hasta el criollo de las provincias argentinas. En los fuertes cuadros populares, en los más escabrosos pasajes de la novela he querido poner esa esencia, esa cosa fresca y exquisita que conserva la esperanza y da vigor al espíritu: la compasión humana”. Joaquín Edwards Bello, en: “Nota referente al Prólogo”, en El Roto.

“El chico creció al contacto de las faldas, al calor de esa prostitución repugnante, a tres pesos el rato o siete la noche... familiarizándose con ese vicio abyecto y ese lenguaje de basural. A los tres años ya batía las manitas para lanzar palabrotas tremendas. En el prostíbulo, esa triste precocidad tenía éxito de risa. Su madre le daba una palmadita cariñosa en la boca, sonriendo con benignidad; encantada en el fondo de ese futuro peine que había engendrado su vientre”, El Roto, p. 32.

“El hacendado típico chileno, personaje híbrido, con palco en la ópera y sillón en la cámara, no puede ver en la agricultura sino un medio para lucrarse y satisfacer sus vanidades en la capital; es una máquina para exprimir y nada más. No es extraño que el campesino permanezca en condiciones de ignorancia y miseria. Lo que produce el campo lo traga la ciudad en una forma descorazonante, sin recibir ninguna recompensa el brazo que suda o la tierra generosa que da ciento por uno”, El Roto, p. 102.

“-¡Ahí! ¡A ese! ¡Atajen a ese! Gritaban detrás del fugitivo, pero ningún eco tenían sus gritos en la calle aplastada y negra bajo la noche y la lluvia. Corrieron hasta la línea del tren, donde hay una valla, en carrera desesperada. Esmeraldo llevaba la delantera y encima se venía un tren de carga. Ya iban a alcanzarle cuando se volvió de un salto y clavó un afilado puñal en la garganta del que tenían más próximo. Se desplomó sin un grito, de boca, vaciándose la aorta en calientes borbotones”, El Roto, p. 245.


Joaquín Edwards Bello, 1887-1968

Estación Central de Ferrocarriles

El Roto, 1º edición

El Roto, 4° edición

El Roto, 15° edición

El Roto, 18° edición

     
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