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Cine y literatura en Chile | Presentación
  
 

Una historia antigua y desconocida

La relación entre el cine y la literatura es de antigua data y ha generado un valioso aporte a la historia del cine nacional. No sólo los directores se inspiraron en obras para el rodaje de sus películas, sino que también los escritores fueron seducidos por este nuevo lenguaje. Es así como, a pesar que, las primeras películas nacionales fueron tomas de la vida cotidiana, hacia fines de la década de 1920, se rodaron películas como Manuel Rodríguez, estrenada en 1920, cuyo argumento fue una adaptación de la novela de Alberto Blest Gana, Durante la reconquista, y Martín Rivas (1925), basada en la novela homónima del mismo autor.

En sus comienzos, el cine nacional se nutrió del teatro, que aportó no sólo con actores y técnicos sino también con textos de calidad a la producción de películas. Para algunos críticos, los dramaturgos fueron los "escritores puentes" entre el novelista y el guionista de cine, cabe mencionar por ejemplo a Antonio Acevedo Hernández, Rafael Maluenda y Víctor Domingo Silva. Otros géneros literarios también hicieron un aporte al cine mudo chileno, así por ejemplo, Alberto Santana realizó dos películas basadas en textos literarios: El monje (1924) inspirada en el poema de Pedro Antonio González; y El caso GB (1925), cuyo argumento está basado en la colección de cuentos Al desnudo, de Gustavo Balmaceda.

La irrupción del cine sonoro produjo un gran cambio en el mundo cinematográfico. Este fenómeno afectó negativamente a Vicente Huidobro, quién acababa de recibir un premio por su novela-film Cagliostro, publicada en 1934.

En 1942, con el apoyo de la Corporación de Fomento de la Producción se creó Chile Films, con el objeto de sistematizar y promocionar la producción cinematográfica en el país. Este nuevo impulso favoreció el rodaje de películas chilenas. Esto significó que aparecieran numerosas películas basadas en obras literarias, entre ellas La chica del Crillón, de Joaquín Edwards Bello; La hechizada, de Fernando Santiván y Cabo de hornos, de Francisco Coloane. Hacia la década de 1960, las adaptaciones cinematográficas incluyeron a jóvenes escritores y directores, entre los que destacó Raúl Ruiz.

Después del golpe de Estado de 1973, el cine nacional se estancó. Sin embargo, debido a la persecusión y al exilio, su evolución continuó en otras latitudes, destacándose por ejemplo, La muerte y la doncella de Ariel Dorfman y El cartero de Antonio Skármeta, por mencionar algunas. En Chile, hacia finales de la década de 1970 apareció Julio comienza en Julio, dirigida por Silvio Caiozzi, reconocido director de cine que posteriormente filmó Coronación, basada en la obra de José Donoso.

A partir de la década de 1990, la vinculación entre cine y literatura continuó vigente, proporcionando nuevas formas de expresión como es el caso de las adaptaciones de cuentos chilenos para la televisión y la versión de Subterra, inspirada en la obra de Baldomero Lillo y dirigida por Marcelo Ferrari.


 

 

     
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