| Avances y retrocesos del teatro nacional A partir de la creación de los teatros universitarios en la década del 40, durante el gobierno del Frente Popular, progresó un importante movimiento teatral en Chile. Su proyecto cultural inicial apuntaba a la modernización de la actividad teatral, según los cánones estéticos imperantes en el mundo desarrollado, sobre todo en Europa, aspirando a un mayor dominio de las nuevas técnicas expresivas. Se tenía aguda conciencia de la cualidad especial que poseía esta disciplina para interpretar, valorar y orientar respecto a la realidad del hombre en sociedad, y la formación moral y estética de la ciudadanía.
Entre 1960 y 1972, asociado al contexto político que vivía el país, la actividad teatral se desarrolló en un clima general de optimismo y vitalidad creativa. La reforma universitaria, afectó el quehacer teatral produciendo un vuelco en la valoración de lo nacional y latinoamericano, simbolizado en los sectores populares. Desde un teatro folclorista, costumbrista o de realismo psicológico, que llamó la atención sobre casos particulares que evidenciaron un problema social, se avanzó hacia un realismo épico de denuncia y carácter didáctico. Fue un teatro político, que evidenció el antagonismo social siguiendo, sobre todo, las enseñanzas y teorías de Bertold Brecht.
En este mismo período surgió la creación colectiva como método de producción teatral. Esta se caracterizaba por recoger las propuestas creativas de cada miembro de un colectivo teatral, conformando una sola obra. Esto trajo consigo una renovación en el formato de las obras, en sus lenguajes escénicos y en sus temáticas, dando cabida a una sensibilidad y cuestionamiento global de valores, esquemas e instituciones vigentes. Este nuevo modo de producción teatral impulsó el nacimiento y expansión de diferentes grupos teatrales profesionales, como el Teatro de la Universidad de Chile, Universidad Católica en sus Talleres de Creación Teatral (TCT) y de Experimentación Teatral (TET); independientes, como Mimos de Noisvander, Teatro del Errante, Ictus, Aleph y El Túnel; así como también teatros aficionados estudiantiles, poblacionales y sindicales a lo largo del país.
Entre 1973 y 1976, luego del Golpe de Estado, se revirtió el cauce histórico que seguía el teatro nacional. No existían grandes proyectos teatrales. Los teatros independientes y aficionados que recibían subvención estatal se vieron afectados. Los teatros universitarios sufrieron un cambio importante luego que las casas de estudios fueron intervenidas militarmente. En el repertorio, se volvió hacia el teatro clásico español y francés, como Calderón de la Barca, Lope de Vega y Molière.
A partir de 1977, el teatro volvió a incursionar en obras de autores chilenos, en la perspectiva de un teatro patriótico, de rescate histórico de la época de la independencia. Por otro lado, se inició una época de mucha creación de obras de dramaturgos y grupos nacionales que indagaron, críticamente, en la realidad nacional, llegando a constituir un importante movimiento de resistencia cultural. Las temáticas abordadas se refirieron a la contingencia chilena, desde el testimonio hasta la comprensión del proceso histórico que vivió el país. En este período resurgió, progresivamente, el teatro de agrupaciones sociales y centros culturales populares, que montaron obras de su propia autoría.
Desde las últimas décadas del siglo pasado, el teatro chileno se ha diversificado, dando cuenta de múltiples propuestas estéticas, de una nueva elaboración de temáticas cercanas al ser humano en su integridad y de recuperación de espacios para esta actividad, lo que ha reflejado el constante crecimiento de la historia de nuestro teatro nacional. En este período se han destacado , Isidora Aguirre, Juan Radrigán, Andrés Pérez y su Gran Circo Teatro, Ramón Griffero y El Troley, Mauricio Celedón y Teatro del Silencio, y el grupo La Troppa, entre otros.
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