| Lo importante es que la gente se decida a desalienarse y salga a recorrer el país, salga a conocerlo y salga a mostrárselo a los demás Miguel Littin
La exhibición del programa cinematográfico de Louis Lumière en Chile, el 26 de agosto de 1896 en el teatro Unión Central de Santiago, constituyó una semilla que germinaría a los pocos años. Diversos chilenos, entre actores, dueños de teatros, empresarios y escritores, se interesaron por el nuevo medio y comenzaron a filmar la realidad local. El documental (o “actualidad” como se le llamaba) fue el primer género de expresión cinematográfica, como ocurrió en todo el mundo. En 1900 se sabe de la exhibición de una obra corta titulada Carreras en Viña. Dos años después se presentó Ejercicio general de Bombas captado en Valparaíso, que es el material nacional más antiguo conservado. El denominador común de estas obras era, como para Lumière, captar realidades con movimiento, para demostrar las características del nuevo invento. Es por ello que las obras de las primeras décadas tienen que ver con carreras, desfiles, movimientos de personas, de trenes, torneos, etc. Paulatinamente los documentales pasaron del mero registro de la realidad a obras con intención narrativa, es decir, con un relato más elaborado en la puesta en escena y en el montaje. Un hito en ese sentido fue Recuerdos del mineral de El Teniente de Salvador Giambastiani (1919), suerte de reportaje al mineral y sus actividades relacionadas.
Ya en la década de 1910 el cine argumental extranjero copaba las carteleras, observándose una menor importancia del documental. Sin embargo el cine se descubrió como un gran instrumento de propaganda y divulgación y fue así como durante varias décadas el cine documental en Chile se desarrolló gracias al financiamiento de instituciones tanto privadas como públicas que encargaron obras a diferentes cineastas y casas de producción. En el ámbito privado destacaron las empresas viñateras (Visitas a la Viña Undurraga, 1910 y 1926), pero sobre todo las mineras, con innumerables documentales sobre las explotaciones de cobre, salitre, hierro y petróleo a lo largo de todo Chile. El documental corporativo también fue desarrollado por el Estado, cuando reparticiones públicas como la CORFO, el Servicio Nacional de Salud y en la década de 1970 el Servicio Nacional de Turismo produjeron numerosas obras sobre la temática del desarrollo nacional.
Otro género de gran importancia fue el noticiario, impulsado en primer lugar por empresas periodísticas como El Mercurio o La Nación, para luego ser asumido con gran interés por el Estado, que en 1929 fundó el Instituto de Cinematografía Educativa, que realizó gran cantidad de “documentales didácticos”. El documental adquirió un nuevo status al fundarse escuelas de cine en las universidades del país a partir de la década de 1950 y con la aparición de la televisión en la de 1960. En esta década se observó el surgimiento del “documental de autor” en el medio universitario, obras con contenido social y político explícito. Esto llegó a su punto más alto en la Unidad Popular, donde la producción cinematográfica se ligó estrechamente con la contingencia del país. A partir del golpe de Estado de 1973, cambió radicalmente la historia del documental en Chile. Gran cantidad de cineastas partieron al exilio. La publicidad absorbió gran parte de la producción de cine y la televisión reemplazó en cierta manera al antiguo documental noticioso o de reportaje. Sólo en el cine de exilio el documental (político) mantuvo una gran importancia, como medio de denuncia política, pero decayendo claramente en la segunda mitad de los años ochenta.
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