| Filantropía, medicina y locura Al liberar de sus cadenas a los enajenados del hospital de la Salpêtrière, Philippe Pinel simboliza el origen de lo que hoy conocemos como psiquiatría. Con ese acto mítico elevó la locura a la categoría de enfermedad mental y por lo tanto la definió dentro de la esfera o campo de acción de la medicina. Pero la “medicalización” de la locura no fue obra de un solo hombre sino que en este proceso concurrieron muchos médicos que en un largo lapso de tiempo lograron imponer una nueva visión acerca de los enfermos mentales y la forma en que debían ser tratados. El desarrollo histórico de la Casa de Orates de Santiago es un buen reflejo de la transformación que la idea de locura experimentó en el siglo XIX.
La Casa de Orates de nuestra Señora de Los Ángeles fue fundada en Santiago el 8 de agosto de 1852 y fue el primer establecimiento dedicado a la atención de los enajenados del país. A pesar de la unánime aceptación inicial, el asilo se estableció en condiciones tan precarias que obligaron a construir en 1858 un nuevo edificio en el sector de Recoleta. En este período, la institución era administrada por una junta directiva compuesta por vecinos honorables y filántropos que dirigían el asilo como un modo de cumplir con sus deberes cívicos y cristianos. Junto con el cambio de edificio ingresó como médico de la Casa de Orates Ramón Elguero, quien trabajó por instituir la idea de locura como una enfermedad que debía ser tratada por los médicos.
Más conflictiva fue la presencia del médico inglés William Benham quien además de insistir en la necesidad del tratamiento médico de la locura emitió un lapidario informe acerca del hacinamiento y las condiciones en las cuales se hallaban encerrados los enajenados en la Casa de Orates de Santiago. El informe fue respondido por el administrador del establecimiento Pedro Nolasco Marcoleta quien, entre otras cosas, señaló que no era posible “arrojar a la calle a los pobres dementes, so pretexto de que el establecimiento no tenía la capacidad para recibirlos”. Las profundas diferencias en la percepción que tenían de lo que debía ser una Casa de Orates hicieron que las relaciones entre ambos no fueran nunca armoniosas. El sucesor de Benham, el doctor Carlos Sazié, también tuvo una relación conflictiva con la administración del recinto pues insistió en implementar una serie de reformas y tratamientos que había aprendido durante una estadía de estudio en Europa y que no podía desarrollar por problemas de presupuesto.
No obstante, con el paso del tiempo y la llegada de nuevos especialistas y directivos, lentamente la posición de los médicos se fue imponiendo en la administración del recinto que cada vez adquirió más el carácter de un hospital de locos, que pretendía alejarse o trascender la imagen de un asilo de reclusión e instalar la idea de un centro de tratamiento médico.
|