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Las Salas de Cine en Chile (1896-2000) | Presentación
  
 

De los teatros a las cadenas internacionales

Cuando el cine arribó a las costas chilenas, en los últimos años del siglo XIX, fue rápidamente adoptado por la comunidad del entretenimiento. Los empresarios teatrales y revisteriles probaron suerte con este nuevo invento en los intermedios de sus espectáculos de variedades. De esta forma, el hogar natural del cinematógrafo fue, por mucho tiempo, el teatro. Aún cuando algunos galpones fueron acondicionados exclusivamente para representaciones cinematográficas, hasta la década de 1950, es muy difícil poder hacer una separación tajante entre sala de cine y sala de teatro.

Estas primeras salas presentaban, por supuesto, películas mudas, pero no por ello el espectáculo era silente. Por el contrario, las salas bullían de sonido, no sólo del pianista acompañante, sino de los espectadores que comentaban a viva voz el film, lo que provocaba constantes quejas de cinéfilos en la prensa. Ir al cine en las primeras décadas del siglo XX era un gran evento. Los asistentes se vestían con su mejor tenida; no era raro ver los días domingo cines repletos con espectadores parados en los pasillos o incluso siendo desalojados por la fuerza pública, para evitar accidentes. Las desgracias eran bastante habituales en estas salas, ya que el soporte de los films (nitrato de celulosa) era sumamente inflamable. La lista de incendios de teatros es larga y lamentable. La autoridad, municipal primero y luego central, dictó sucesivas ordenanzas a partir de la década de 1910 para evitar las tragedias, como la de disponer de máquinas en buen estado, operadores calificados, pasillos amplios, prohibición de fumar, desinfección permanente (para evitar contagios de gripes), etc.

La espectacularidad del cine hizo que ya para comienzos de la década de 1930 el cinematógrafo desplazara al teatro como primera opción de entretenimiento de los chilenos. La mayor parte de los teatros ofrecían cada vez más cine y menos obras en vivo. Entre los dueños de teatros se aseguraba que el biógrafo era el mejor negocio. Los principales desafíos que enfrentaron estos empresarios era ofrecer al público variedad de programas, cumplir las ordenanzas municipales y evitar la censura. Algunos empresarios comprendieron que, para atraer al público, debían preocuparse no solo de la importación de los films, sino también del espacio donde se exhibían. Se construyeron fastuosas salas, adoptando modelos extranjeros, los “cine-palacios”. Así, hubo salas de cine para todos los gustos, céntricas y en barrios, con entradas caras y baratas, etc. Se estima que hacia 1938 había cerca de 250 salas de cine en todo el país.

Con la penetración de la televisión y la crisis económica de la década de 1970, el negocio cinematográfico en Chile fue decayendo. A fines de esa década no se contaban más de 50 salas en todo el país. Frente a esta crisis, el Estado chileno intervino en un negocio que, hasta entones, estaba exclusivamente en manos privadas, nacionales y extranjeras. Durante el gobierno de la Unidad Popular, el Estado pasó a administrar directamente salas de cine, en forma de arriendo, a través de Chile Films. El gobierno de Augusto Pinochet continuó con esta política y hasta 1988, año de privatización de Chile Films, el Estado administró diversos cines como los capitalinos Gran Palace, Imperio y Tobalaba, entre otros. En la década de 1990 el mercado del cine registró un gran remezón con la llegada de las cadenas internacionales Cinemark, Hoyts y Showcase, masificándose en todo el país el formato del multicine. Rápidamente la mayor parte de la oferta cinematográfica en Chile pasó a manos de empresas multinacionales (70% a nivel nacional, 90% en Santiago), registrándose además un gran aumento en el consumo cinematográfico. Actualmente se cuentan más de 200 salas en todo el país. Al parecer el cine volvió a ser una de las diversiones preferidas en las grandes ciudades chilenas.


 

 

 

     
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