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"Los Jueves de Joaquín Edwards Bello"

"La prosa del periodista debe tender a la simplicidad. Es indispensable su renuncia a los efectos de lucimiento literario y de sabiduría".


Desde su adolescencia Edwards Bello manifestó un especial interés por el periodismo, participando en la creación y redacción de revistas como La Juventud (1901), junto a sus compañeros Alberto Díaz Royas y Cayetano Cruz-Coke, y El Pololo: Al que le pique que se rasque (1902). Posteriormente escribió artículos para revistas y diarios como Pluma y lápiz (1903) y La mañana (1910). En 1941 editó una revista llamada La Franqueza: lo que no se dice.

Durante la I Guerra Mundial se desempeñó como corresponsal de guerra para periódicos nacionales e internacionales. De regreso a Chile, su experiencia como reportero y su producción novelística le aseguraron el ingreso como editor y redactor del diario La Nación, periódico fundado en 1917 por Eliodoro Yañez, padre de Juan Emar. De este modo, apenas empinados los treinta años, la opinión de Edwards Bello gozaba de la tribuna que le brindaban varios medios a lo largo de todo el país, como La Patria de Concepción, El Correo de Valdivia y el vespertino Los Tiempos, bajo el seudónimo de Capitán o Mayor Araya.

En La Nación comenzó a escribir crónicas en 1921, género que cultivó con gran afición, volcada en cerca de doce mil crónicas publicadas a lo largo de cuarenta años. "Los Jueves de Joaquín Edwards Bello" se convirtió en una sección esperada y leída transversalmente por la sociedad chilena de la primera mitad del siglo XX. Condenado a "crónica perpetua" como él mismo solía afirmar, en sus artículos Edwards Bello abordó múltiples temas con ironía y sagacidad y un lenguaje fluido, directo y veloz. Distanciándose del estilo parsimonioso y recargado característico del siglo XIX, el registro cronístico de Edwards Bello sintoniza con las vertiginosas transformaciones experimentadas por Chile y el mundo. Muchas veces políticamente incorrecto y descarnado en su análisis de la sociedad chilena, las crónicas de Edwards Bello demuestran asimismo un empleo magistral de los datos documentales que recopilaba con esmero y rigurosidad en un archivo que en la actualidad custodia la Biblioteca Nacional, en su sección de Referencias Críticas.

Pese a que la razón de ser de la crónica, a su juicio, estaba en la inmediatez de la contingencia, sus escritos comenzaron a publicarse a partir de 1964, gracias a la labor compilatoria de Alfonso Calderón. En los últimos años, nuevas ediciones confirman la trascendencia y vigencia de aquellas.