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Poesía anarquista, Bibliotecas coloniales, Joaquín Luco y Osvaldo Cori se integran en junio a Memoria Chilena.

Llegamos a junio con 939 minisitios y 31.382 documentos digitalizados de las colecciones de la Biblioteca Nacional de Chile.

13 de junio de 2017

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Como cada mes, nuevos minisitios, cápsulas, libros, revistas, artículos y fotografías, entre otros, se integran a Memoria Chilena. Como siempre, cada uno de ellos ha sido seleccionado y trabajado bajo la premisa “Digitalizar es democratizar”, entendiendo así que la labor fundamental del portal es disponibilizar y contextualizar fuentes y distintos tipos de documentos de las colecciones de la Biblioteca Nacional para su difusión, puesta en valor y generación de nuevo conocimiento.

Los nuevos contenidos publicados -además de los de marzo, abril  y mayo - suman a la fecha, 12 minisitios y más de mil nuevos documentos, sólo durante el 2017.

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Poesía anarquista.

La poesía ácrata surgió en Chile como una manifestación singular del anarquismo europeo. Ligada a los movimientos obreros de comienzos del siglo XX, fue publicada, principalmente, en folletos y periódicos por poetas proletarios como Magno Espinoza, Luis Olea y Alejandro Escobar y Carvallo, entre otros.

Policarpo Solís Rojas, por ejemplo,  iquiqueño y zapatero de oficio, editó junto al poeta Alejandro Escobar Carvallo, en 1904, dos series de Poesías ácratas que se publicaron el año 1904. Desde 1900 participó como dirigente del Ateneo Obrero de Santiago. En 1911, acompañando a Luis Emilio Recabarren, participó de la fundación del Partido Socialista, junto a otros integrantes de la Escuela Socialista.

Alejandro Eskobar i Karvayo, quien usó la “k” en sus apellidos para firmar sus escritos, fue tapicero, poeta y secretario del Comité Huelguista de Antofagasta, a principios del siglo XX. Entre sus escritos destacan: La sirena santiaguina (1908), en el que aparece su poema “Relación. Tomada de boca de los testigos presenciales de la masacre autoritaria del 21 de diciembre último”. Los sucesos del norte (1908), en el que aparecen los poemas “¡Maldición! Al Gobierno de Montt”, “La huelga de Iquique” y “A Luis Olea. Héroe y mártir de la jornada de Iquique, en 1907” y La cadena de oro de la esclavitud  (1932), artículo sobre la “crisis económica que atraviesa nuestro país”, la desocupación obrera y la necesidad de un “Estado social”.

 “Salvo que fue obrero mecánico, nada más se sabe de Magno Espinoza”, escribió Andrés Sabella, sus poemas, sin embargo, se conocen en la actualidad a través del segundo volumen de Poesías Ácratas, compilado por Policarpo Solís en 1904.

El poeta Luis Olea  es descrito en la antología Selva Lírica  (1917) como “uno de los inspiradores del movimiento social de 1905”. Poemas suyos fueron publicados en los dos volúmenes de la compilación Poesías ácratas (1904), editada por Policarpo Solís Rojas.

Francisco Pezoa, nacido en 1885, escribió artículos y traducciones para los periódicos El Rebelde, La Protesta, El Productor y Luz y Vida. Según la antología de poesía Selva Lírica (1917): “Es el más representativo de nuestros poetas acráticos contemporáneos. Desde hace quince años ha tomado parte activa en el movimiento social de este país”.

Otros documentos relevantes para comprender de un modo más completo la poesía anarquista, y que también forman parte del minisitio, son por ejemplo: Popularización de Gómez Rojas  publicado por Andrés Sabella en 1929. En esta selección de la obra de José Domingo Gómez Rojas (1896-1920)  se recogen poemas de Rebeldías líricas y de tres libros que Gómez Rojas dejó “casi concluidos”, pero “cuya unidad ha ido destrozándose para desmedro de su firmeza”: La sonrisa inmóvil, Las fuentes encantadas y Los jardines de tu muerte.

También forma parte del minisitio, La cultura obrera ilustrada chilena y algunas ideas en torno al sentido de nuestro quehacer historiográfico” de Eduardo Devés. Descansando en la oposición entre civilización y barbarie, Eduardo Devés hace un recorrido por las manifestaciones de una cultura trabajadora que nace hacia mediados de 1850 y se consolida hacia el centenario. Siguiendo los objetivos de la ilustración europea, esta cultura obrera, según Déves, “se plantea al margen y en oposición al Estado, en un afán por construir un mundo paralelo; igual pero mejor, mismo modelo, pero ahora perfecto” (P. 132).

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Bibliotecas coloniales en Chile

La posesión de libros durante la colonia en Chile era privilegio de aquellos que sabían leer y tenían, además, los recursos materiales para adquirir o conseguir libros. Las bibliotecas coloniales pertenecieron, principalmente, a algunas órdenes religiosas, un par de ellas a instituciones educacionales y solo algunas fueron de índole privada.

Para las órdenes religiosas coloniales, por ejemplo, el libro era considerado como un instrumento de propagación de la fe católica y de difusión de conocimientos y formas de pensamiento en general. Por esta razón, entre otras, la mayor cantidad de bibliotecas durante la colonia perteneció a las órdenes religiosas. Documentos particularmente interesantes sobre algunos de estos casos, son, por ejemplo, el Catálogo de la Biblioteca del Convento Máximo de San Agustín en Santiago de Chile (1896) o el número extraordinario dedicado a celebrar el VII centenario de la fundación de la Orden de la Merced de la Revista mercedaria publicado en agosto de 1919.

Un caso, sin duda relevante, es el de la Compañía de Jesús que concentró las bibliotecas y acervos bibliográficos más importantes durante la colonia, llegando a poseer, hacia 1767, 20.000 volúmenes repartidos en distintas casas y residencias. Su biblioteca más grande, por ejemplo, se encontraba en el Colegio de San Miguel en Santiago, que contaba con 6.260 ejemplares.

Aunque escasas, en el Chile colonial existieron bibliotecas particulares concentradas en manos de miembros del clero católico y abogados. Entre estas destacaron las bibliotecas del Obispo de Santiago Miguel de Alday y Aspee y la de José Valeriano de Ahumada, quien fue rector de la Real Universidad de San Felipe. Destaca también la biblioteca del obispo don Luis Francisco Romero -estudiada con detalle por un artículo de 1968 de Walter Hanisch- y, la del obispo Juan Bravo del Rivero y Correa, revisada por Paz Larraín y René Millar en un artículo de 1991.

En las bibliotecas de la colonia en Chile, primaron las obras de jurisprudencia, de carácter religioso e historia, pero también se contaron libros sobre medicina y viajes, obras sobre ciencias físicas, matemáticas e historia natural y algunos títulos de autores del Siglo de Oro español. De aquello dan cuenta por ejemplo: el artículo “La cultura escrita en Chile 1650-1820: libros y bibliotecas” de Isabel Cruz, los tomos 1, 2 y 3 de Biblioteca hispano-chilena: (1523-1817) de José Toribio Medina y el artículo “Las bibliotecas coloniales en Chile” de Tomás Thayer Ojeda publicado en la Revista de bibliografía chilena y extranjera en 1913, en el que se examinan las principales bibliotecas coloniales, las obras que las formaban y el desarrollo del comercio de libros en Chile.

Nuevos minisitios desarrollados con la colaboración de la Fundación Ciencia y Vida.

Tal como ocurriera en el mes de mayo, continúa la colaboración con la Fundación Ciencia y Vida para el desarrollo de minisitios del área de Investigación científica.

Gracias a este trabajo conjunto, se integran en esta actualización minisitios sobre dos connotados científicos nacionales.

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Joaquín Luco  Valenzuela (1913-2002)

Joaquín Luco fue un médico chileno que se dedicó a la investigación de la neurociencia en Chile. Sus estudios más prestigiosos los realizó sobre el sistema nervioso y en el estudio del aprendizaje y la memoria. También se dedicó a institucionalizar la ciencia en Chile, participando en la creación de CONICYT y fue miembro de la Sociedad de Biología de Santiago, además de recibir el Premio Nacional de Ciencias en 1975.

Participó además como ayudante –hacia 1931- del catalán Jaime Pi-Suñer, en el Laboratorio de Fisiología de la Universidad Católica, experiencia que él mismo reconocería como uno de los puntos más influyentes en su carrera posterior. Las ideas del científico catalán, expresadas con gran maestría en su “Lección inaugural del curso de Fisiología” calaron hondo en el trabajo de Luco, sobre todo en su concepción del trabajo de laboratorio.

En 1979, escribió “El inicio de la Fisiología en la Universidad Católica”, manuscrito en el que narra su experiencia en los primeros años del Laboratorio de Fisiología de la Universidad Católica. En su relato profundiza en la influencia de Jaime Pi-Suñer, en su deseo por la investigación, y el desarrollo y difusión de las primeras investigaciones desarrolladas en Chile. También, el documento da cuenta del estado de la investigación en las universidades chilenas y su habitual precariedad, tanto en términos presupuestarios como de actualización y acceso a la información. Pese a este escenario desfavorable, también parte de su propia experiencia, pudo desarrollar investigaciones originales en su área, comenzando así el proceso de institucionalización de la ciencia en Chile.

Dentro de sus investigaciones más conocidas, se cuentan aquellas vinculadas al uso de cucarachas como objeto de estudio. Así por ejemplo, en la década del ‘60, comenzó a investigar sobre el proceso de memoria y aprendizaje, utilizando especímenes de la cucharacha Blatta Orientalis. Estas demostraron ser la especie más pequeña capaz de –en palabras de Luco- retener el pasado y por tanto aprender. Esta experiencia, además de trabajos similares con la misma especie, son relatados con gran detalle en el manuscrito del científico conservado bajo el rótulo “Recepción Facultad de Ciencias Universidad de Chile, octubre 1968”. En él se da cuenta por ejemplo, de los experimentos destinados a investigar el proceso de aprendizaje. Según cuenta Luco, si una cucaracha pierde sus patas traseras, es capaz de aprender nuevamente a realizar una tarea ya sea supliendo u omitiendo el uso de esta extremidad. Gracias a este descubrimiento, el médico chileno logró grandes avances en el estudio de los procesos sinápticos vinculados al aprendizaje.

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Osvaldo Cori Moully (1921-1987)

Osvaldo Cori fue un científico chileno que se dedicó a la investigación y a la consolidación de la bioquímica en Chile. Fundó la carrera de la misma disciplina en la Universidad de Chile,  posibilitando así la profesionalización de esta ciencia.

Fue discípulo de Francisco Hoffmann quien fuera creador del Instituto de Fisiología de la Universidad de Chile y maestro de diversos investigadores en los laboratorios científicos. En este proceso fue que Osvaldo Cori se interesó por la investigación científica y decidió dedicarse a ella.

Impulsado por la muerte de Francisco Hoffmann en 1981, Osvaldo Cori relata, en un artículo publicado en la Revista médica de Chile, su experiencia de investigación en el Instituto de Fisiología bajo su tutela. Para Cori, el gran valor del método de enseñanza de Hoffmann radicaba en la búsqueda de investigaciones novedosas y no en la mera repetición de apuntes. Relata también en qué consistió el trabajo de laboratorio, en el que buscaba que sus alumnos desarrollaran preguntas propias de investigación y dieran con sus respuestas.

En cuanto a la investigación en bioquímica, Osvaldo Cori se dedicó a investigar el proceso del ATP, en el cual la glucosa se transforma en energía. Tanto en Estados Unidos como en Chile publicó diversos artículos sobre este proceso fisiológico. Asimismo, dedicó investigaciones al uso de inhibidores en el estudio de la interacción enzima-substrato, profundizando en su funcionamiento y en la detección de ciertos comportamientos a partir de casos concretos.

En 1967, fue invitado a formar parte de la Academia de Ciencias, ceremonia en la cual presentó su discurso de incorporación “Bioquímica de las resinas naturales”.

Este y otros documentos, tanto de Osvaldo Cori,  Joaquín Luco, como de Alejandro Lipschütz y Héctor Croxatto están disponibles en Memoria Chilena gracias al trabajo colaborativo y la donación de la Fundación Ciencia y Vida.

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